Despacho del Arzobispo, edificio Colombus, Charlotte, Carolina del Norte, 18 de marzo de 2004, 01:45
Aquél había sido el despacho de la maldita serpiente que había envenenado esta ciudad. En cierto modo, la misma serpiente que había motivado el asedio, y finalmente, su propia llegada al poder. Ahora era el despacho del Arzobispo,
su despacho, aunque había tenido que redecorarlo tras la batalla, y dudaba que tuviera el encanto que le imaginó al destrozado -y abandonado- despacho del Setita al entrar por primera vez en él.
Tampoco es que amara este lugar. Era una ciudad secundaria, al menos para el Sabbat. Prefería Nueva York, de eso estaba seguro. Aunque ahora tenía un poder mayor que el que había tenido nunca en Nueva York, al lado de Polonia. Se levantó del cómodo sillón que había hecho traer meses antes y se acercó al ventanal desde el que podría controlar el centro de la ciudad. Sí, toda la ciudad quedaba a sus pies, bajo su poder. Pero, en el fondo, sabía que no era nada. Otros tenían esa misma situación en México, Madrid, Montreal o Washington, ciudades que sí eran importantes. Charlotte no era ni siquiera Houston. Nadie luchaba por ella, y de no haber sido por el Priscus Vlados, a nadie le sonaría. Pobre imbécil. No podría evitar sonreír cada vez que se imaginaba cómo debía sentirse el Tzimisce desde que se jugó su puesto y muchas cosas más por la ciudad, y todo para que al final, llegara Polonia y se hiciera cargo del asunto.
Ser Arzobispo no era mucho, pero al menos no tenía a otros once paladines compitiendo con él por sobresalir ante el gran jefe. Ahora no tenía que ir vigilando tanto su espalda por miedo a puñaladas traicioneras de sus "hermanos", y podía tener a subordinados que cumplían las tareas que su Eminencia llevaba tanto tiempo encomendándole. Y Charlotte era, al menos comparada con otras ciudades Sabbat, razonablemente tranquila. Tenía sus problemas, sus idiotas, pero no era un territorio fronterizo con infiltraciones constantes y disturbios noche sí, noche también.
Golpearon dos veces en la puerta, y Guillermo Aguirre, Arzobispo de Charlotte, se volvió hacia su escritorio, quedando de pie, inmóvil, con las manos en la espalda.
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Pasa.
Sólo se abrió una de las hojas de la puerta doble, y un joven más alto que el Arzobispo entró en la estancia. Parte del cabello oscuro le tapaba la frente, y vestía de gris, con una cazadora negra muy usada. El Cainita se detuvo frente a la mesa de Aguirre, casi tocando la sombra de Aguirre, que se proyectaba hasta el mueble.
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¿Me llamaba, señor?
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Sí, Kerrigan. ¿Cómo va con don Ignacio?
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Su sire me hizo llamar esta noche.
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¿Qué quería?
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Informes sobre la situación en las calles, nada serio.
El Arzobispo se dio la vuelta y se acercó de nuevo al ventanal.
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¿Por qué no me lo pregunta a mí? Es irritante.
Kerrigan avanzó lentamente, bordeando el escritorio.
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Creo que quería la opinión de alguien de la calle, señor. También quería conversar de nuevo conmigo.
El templario habría visto el gesto de profundo disgusto del Arzobispo, de haberse reflejado esa imagen en el cristal.
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¿Y qué le dijiste?
Aguirre sintió la duda en su templario, en su chiquillo.
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Lo que pidió. Le hablé de la pelea de la semana pasada, del incendio de los almacenes industriales...
El Arzobispo observó su propia mano derecha, y apretó lentamente el puño.
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¿Le contaste lo de los Combatientes de la Gangrena?
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Sí, señor.
El puño se cerró con fuerza.
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De todos modos...
Aguirre, antiguo Paladín del cardenal Polonia, cerró los ojos.
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¿Sí?
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Creo que ya lo sabía, señor.
Finalmente, el Arzobispo se dio la vuelta, y no necesitó preguntar, sus ojos exigían respuesta.
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Ya he mandado a Thompson y a Jill a preguntar por ahí.
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Maldita sea, Kerrigan. El asunto de esos pirados me preocupa mucho. No son los primeros a los que les pasa algo raro, pero sí es la primera manada que es neutralizada en una noche en mi ciudad -dio dos pasos hacia su chiquillo-
. Y que mi sire esté al tanto de todo me pone aún más nervioso, porque ordené a todos los que estaban al tanto que cerraran sus putas bocas, ¿comprendes?
A pesar de que Kerrigan era más alto que Aguirre, el Arzobispo resultaba ahora muy amenazador, su larga sombra alcanzando la pared y su oscura silueta recortada contra la luz de la luna. El templario no retrocedió.
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Me ocuparé de todo, señor.
Aguirre mantuvo la mirada en él unos instantes, y pareció que iba a decir algo, pero volvió a darse la vuelta. Su chiquillo, no obstante, sí habló, sugiriendo una idea con la que el mismo Arzobispo había fantaseado alguna vez, antes de desecharla rápidamente como si de un insulto a su valía se tratara.
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¿Y si le preguntara a él?
No hubo más que silencio, y cuando Kerrigan pensó en retirarse, su sire le habló.
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Encuentra al imbécil que se ha ido de la lengua y tráemelo. Y sobre el Priscus...
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Se irá pronto.
Esta vez, Aguirre sí se volvió, levantando una ceja.
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Me lo ha dicho esta noche. Dice que tiene asuntos que atender en España.
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Eso espero, y que le mantengan ocupado mucho tiempo. Ya tengo suficiente con Polonia como para ser observado también por Bormás.
El Arzobispo se acarició la perilla lentamente.
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Kerrigan, vuelve a reunirte con el Priscus, y despídeme de él. Deséale buen viaje de vuelta, y dile que le mantendré informado.
El templario asintió.
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Luego quiero que dejes a Thompson y a Jill con los interrogatorios, y que tú te dediques a buscar cualquier rastro de quién o qué pudo cargarse a esos vampiros.
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Me ocuparé de ello.
De nuevo, Guillermo Aguirre le dio la espalda para contemplar la ciudad.
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Avisa a Malone, estará ahí fuera. Quiero verle.