Bioware lo ha vuelto a conseguir.
Llevo semanas desaparecido, y en gran parte es por culpa de Bioware y su nuevo chiquillo, Dragon Age: Origins. Hace poco renové completamente mi ordenador de sobremesa y ahora tengo un equipo que me permite mover sin ningún problema todo tipo de juegos a calidades muy altas. Y aunque los RPGs (Roleplaying Games) tradicionalmente nunca han exigido computadoras muy potentes, en los últimos años la carrera armamentística de gráficos y texturas ha ido requiriendo de mejores prestaciones para disfrutar plenamente de los mundos recreados en estas aventuras. Dragon Age requiere un equipo decente, no hay duda, pero tras cinco minutos probándolo, se comprende por qué.
No son sólo buenos gráficos y detalles cuidados. Bioware es responsable de la mayoría de los mejores juegos que han pasado por mis manos: Baldur's Gate, Knights of the Old Republic, Neverwinter Nights, Jade Empire... Y Dragon Age: Origins es fiel a esa herencia. Diría, además, que es lo mejor que el estudio canadiense ha creado desde KotOR, y lo más parecido a Baldur's Gate II que he encontrado desde que esa joya salió al mercado.
La historia captura desde el principio. El juego no lleva la palabra origins en el título por casualidad: al crear al personaje, se nos dan a elegir hasta seis orígenes diferentes, según la combinación de raza (humano, elfo o enano) y clase (guerrero, pícaro o mago) que escojamos. El origen no implica sólo cinco minutos diferentes de juego y ya está: la historia inicial es una auténtica introducción a la gesta, y afecta tanto al equipamiento con el que se llega al punto de partida como a los personajes que se conocen, a detalles de todo el juego y a subtramas que reaparecen durante toda la narración. Tampoco supone una diferencia radical en el desarrollo del juego, de todos modos, pero no es una particularidad sin importancia alguna.
DA:O tiene lugar en el reino de Ferelden, más cercano a una Inglaterra fantástica que a una copia de Gondor o cualquier nación de Reinos Olvidados. Eso es lo refrescante del juego, que su mundo de campaña no es el típico de todo relato de literatura fantástica. Hay magia, hay razas que conviven con los hombres, hay dragones, sí, pero todo tiene un tinte más realista, huele menos al estereotipo de espada y brujería. Los enanos sobreviven en unos reinos en decadencia bajo tierra, los elfos son proscritos y viven como mendigos y semiesclavos en las ciudades, o libres en los bosques. La magia está presente, pero todos sus practicantes son controlados por el brazo armado de la religión oficial del reino. No hay bolas de fuego por las calles ni cien dioses que envían a matarse a sus seguidores. En esta aproximación casi realista se parece mucho a Canción de hielo y fuego, aunque el mundo creado por George R. R. Martin es aún más radical al respecto.
El personaje principal que creas es reclutado por los Guardias Grises, una orden de guerreros dedicada a luchar contra los engendros tenebrosos, seres retorcidos (equivalentes a orcos, trolls y demás) que plagan en las profundidades de la tierra y que cada cierto tiempo salen a la superficie para someter el mundo. No están liderados por ningún malvado aspirante a señor oscuro, son una horda sin control que, de vez en cuando, se congrega alrededor de un archidemonio, un mal ancestral que permanece enterrado y dormido a cientos de kilómetros de profundidad, y que a veces es encontrado por esos seres. Cuando esto ocurre, la maldad y el poder divino del archidemonio guían a los engendros hacia las tierras habitadas para destruir el mundo. Ni imperios malignos ni planes maestros: sólo la promesa de la aniquilación. Esta marea de oscuridad se denomina Ruina, y hasta el comienzo del juego se han producido cuatro en toda la historia, una por cada archidemonio despertado hasta entonces.
En cuanto a modo de juego, desarrollo y sistema, DA:O es de lo mejor que he jugado en los últimos años, si no directamente lo mejor desde las dos partes de Knights of the Old Republic. Un sistema y unas reglas a las que te haces al rato de jugar, una historia absorbente y tan poco lineal como puede serlo un relato con principio y final, y un gusto por el detalle y por los personajes muy propio de Bioware. La ambientación y el sistema son lo bastante sencillos como para adaptarse rápidamente (el disponer de pocas razas y pocas clases lo hace todo más cómodo sin restarle realmente posibilidades) y la trama tiene tantas posibilidades y alternativas que mientras lo vas jugando ya piensas en volver a hacerlo.
Ayer por la tardé lo acabé, y ayer mismo volví a empezarlo. Atrapa, y mucho.



